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LA ROSA Y EL JABALÍ
Hasta los elfos y los ángeles venían a ver mi rosal. Llegaban volando sin hacer ruido, los ángeles con sus alas gigantescas cuyo revoloteo levantaba el polvo del suelo y los elfos con sus frágiles alitas membranosas, que zumbaban como insectos. Por ahí pasaban hombres jóvenes a caballo que detenían el paso al vislumbrar el cobertizo, se apeaban y entraban para preguntar si podían coger una rosa. Llevaban zapatos en punta, guerreras cortas o largas, cinturones de cuero duro y cuando llovía una capa con capuchón. Algunos vestían a la moda, otros ni sabían lo que era un sastre y por lo visto ellos mismos habían cosido como pudieron las telas ya hace tiempo deslavazadas de todo color. Cuando uno de estos hombres corteses abordaba a Richenel o a Idelies, rápidamente se retocaban los bucles y decían que le regalaban cuantas pudiese llevar. Mis hermanas, como eran hermosas, daban por hecho que en su vida sucederían cosas interesantes. Los jóvenes les ponían el brazo sobre el hombro, les daban algún golpe en el trasero y les contaban historias. Pero en cuanto yo salía para cortar una rosa con las tijeras doradas
que me había dado mi padre, se paralizaban. Me miraban fijamente y ya
no pronunciaban palabra. Yo les entregaba una rosa. La cogían con la
mano petrificada y la cara pasmada. Se iban a galope sin dar las gracias siquiera,
a mí o a mis atónitas hermanas. A veces alguno de estos hombres volvía, sobre todo en otoño, cuando empezaba a roerles la soledad. Uno de ellos fingía estar gravemente enfermo. Entró en la cocina renqueando, pidiendo que le dejáramos descansar un rato bajo nuestro techo. Yo estaba en el desván y miraba por una rendija en el suelo para ver de dónde venía esa jadeante voz de hombre agotado. Le reconocí al instante. Hace meses se había presentado a mis hermanas como Tiras, de profesión tallista de flautas, y les pidió una rosa. Al salir yo, se apartó de mis hermanas un tanto asombrado y, al igual que los que le habían precedido, cogió la rosa de mi mano en silencio. Ahora, Richenel, que estaba pelando manzanas, se levantó inmediatamente para atenderle y le llevó a la gran cama de mi padre. Mandó a Idelies a avisar a Lucretia, diciéndole que trajera toda clase de hierbas contra enfermedades internas. "¡Dile que se trata del vientre!", añadió, y por la alteración de su voz noté que Tiras le gustaba sobremanera. Apenas había salido Idelies, Richenel irrumpió en el desván suplicándome que no apareciera. "La gente te tiene miedo", dijo zalamera. "Y este hombre está
muy enfermo. Por favor, no lo pongas peor de lo que está." Bajé
la vista y le prometí que bajo ningún concepto me acercaría
al lecho del paciente. "La chica de la rosa", dijo, más para sí mismo que
a mí. "Lo sabía." Cayó de rodillas y me dijo
que había venido por mí. "Jamás he contemplado una
mujer como usted", dijo ahogando un sollozo. "De su rostro sale una
luz que solamente he visto en las vidrieras de las catedrales." Los bolillos
se enredaron entre mis dedos. Bajé la vista y volví a subirla
y otra vez la bajé. Nunca había pensado en mí misma como
en una mujer y jamás me había considerado atractiva. El joven
me miró tan suplicante, los labios le temblaban y los ojos se le nublaban
tanto, que una infinita piedad surgió en mí y le permití
tocarme las manos. Los elfos, que estaban en el suelo, escondían la cabeza
entre los hombros por no ser testigos. Descuidados, no oyeron la llegada de
Richenel. Mis hermanas echaron al tallista de flautas Tiras porque no estaba
enfermo en absoluto y por haber subido a mi cuarto. Con las tijeras que encontró
en mi costurero, Idelies cortó las ramas de mi rosal y se las arrojó
a Zoran, que al instante soltó un agudo chillido. Pero el arbusto violado
no pudo ahuyentar al tallista de flautas. Volvía una y otra vez, hasta
que Richenel e Idelies encargaron a un cazador que conocían poner trampas
para lobos alrededor de la casa. |
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